Rutas Inéditas — 22 febrero, 2018 at 13:13

¡Malditos seáis! Epic Soundtracks

Músicos malditos. Músicos de culto. Músicos a los que sólo conocen cuatro gatos. La atracción por esos artistas cuyos innegables méritos artísticos no reciben la merecida respuesta del público siempre ha estado ahí. El gusto por escarbar en discografías subterráneas y descubrir pequeños tesoros semienterrados es inherente al aficionado al rock menos acomodado.

 

EPIC SOUNDTRACKS – Super Pop

 

Epic Soundtracks, para aquellos que lo desconozcan, era el seudónimo artístico de Kevin Paul Godfrey, a la sazón hermano de Adrian Nicholas, más conocido como Nikki Sudden. Dos hermanos ingleses que iniciaron su carrera musical conjuntamente, que compartieron no pocas aventuras, y cuya trayectoria artística fue distanciándose hacia finales de los ochenta, época en que Epic empezó a perfilar su propia carrera en solitario.

Pero volvamos atrás, al Londres poco tiempo antes de la explosión punk. En Solihull, una pequeña ciudad al norte de la capital, cerca de Birmingham, un grupo de mozalbetes –apenas unos críos- se encierran cada semana en la habitación de casa de los papis y se dedican  a hacer ruido, en un irreductible afán por aprender a tocar rock’n’roll. Es el germen de lo que serán los Swell Maps, una de las bandas más inclasificables de los setenta, en la que Epic toma el puesto de batería desde el primer momento. Será ese instrumento el que, durante más de una década, le llevará –tras la disolución de los Maps en 1980, dejando dos elepés – A Trip To Marineville (1979) y Jane From Occupied Europe (1980)- y un puñado de singles tras ellos- a aparecer en los créditos de bandas y discos legendarios.

Así, formó parte de la primera encarnación de los Jacobites, llevando las baquetas en su primer disco homónimo en 1984 y en su obra maestra Robespierre’s Velvet Basement al año siguiente y tocó en algunos de los discos en solitario de su hermano, así como en el mítico I Knew Buffalo Bill (1987) de éste junto a Jeremy Gluck. Amigo de Rowland S. Howard, formó parte de la alineación de Crime & The City Solution en el álbum Room of Lights (1986) y de These Inmortal  Souls en Get Lost (Don’t Lie) (1987) y I’m Never Gonna Die Again (1992). Todo ello sin olvidar su paso por los Red Crayola de Mayo Thompson con los que entre 1979 y 1981 grabó un par de singles y el álbum Kangaroo?. En todas esas grabaciones aportó su personal estilo a los tambores, aprendido aporreando baterías artesanales fabricadas con piezas de desguace y perfeccionado a base de tenacidad e intuición. Una de sus mayores influencias al respecto era Jaki Liebezeit de Can; de hecho su apodo proviene de Epic Records, por un lado, y del segundo disco de los teutones, por otro. En palabras de Thompson: “si tenía una forma propia de tocar, creo que “clásico pero inusual” podría ser una buena forma de decirlo. No sé qué es lo que le hacía especial, solo sentía que así era”.

Algo debía tener, desde luego, para que no solo sus servicios fueran reclamados por bandas de ese calibre, sino para que otros grandes músicos de la escena alternativa de los ochenta –de Evan Dando a Thurston Moore- entablaran amistad con él. Quizás fuera, aparte de sus cualidades como batería, una personalidad un tanto retraída, tímida, pero a la vez carismática a su modo. Quienes lo trataron lo recuerdan como alguien observador y callado, y a la vez con una sorprendente vis cómica.

Sea como fuere, a principios de los noventa y para sorpresa de propios y extraños Epic debuta con un disco a su nombre que le muestra como un impecable cantautor; una precisa, casi perfecta pieza de orfebrería pop de un clasicismo arrebatador y de lírica melancólica, romántica e intimista. Nunca, a lo largo de su carrera, había mostrado especial interés en cantar, ni tampoco en componer. De hecho sus aventuras al respecto se limitaban a unos pocos temas con los Swell Maps, un single en el que le cedió la voz nada menos que a Robert Wyatt  –Jelly, Babies (1981)- y un segundo sencillo con su colega en los Maps Jowe Head en 1982 –Rain, Rain, Rain-.

Y de repente, se saca de la manga un disco enteramente escrito y cantado por él. Rise Above (1992) es un álbum prácticamente perfecto, doce canciones de nivel altísimo – «Fallen Down», «Ruthless», «Big Apple Graveyard», «Meet Me On The Beach», «She Sleeps Alone» por destacar algunas- tras el que se advierten sombras de Carole King y Alex Chilton, The Beatles y Syd Barrett, Todd Rungren y, muy especialmente, Brian Wilson. La influencia musical del genio de Inglewood en Epic y sus canciones es patente, y los guiños a los Beach Boys tanto en la tipografía de portada como en «Sad Song», con versos extraídos de «Caroline No», un reconocimiento explícito.

Encargándose de voz, teclado y –en algunos temas- batería, los músicos invitados al proyecto fueron de bandera. En los surcos de Rise Above podemos escuchar –sección de cuerdas aparte- el bajo del “bad seed” Martyn P. Casey o de Will Pepper de Thee Hypnotics, el saxo de Anthony Thistlethwaite, a J. Mascis aparcando la guitarra y sentándose tras los tambores,  las guitarras de Rowland S. Howard o Lee Ranaldo y la voz de Kim Gordon. Invitados de postín, amigos todos del artista; se dice, de hecho, que fueron estos últimos, los componentes de Sonic Youth (admiradores confesos de Swell Maps) quienes convencieron y animaron a Epic a lanzarse en solitario. Que el trabajo se basara en el piano y los teclados como hilo conductor de su propuesta, visto en retrospectiva, no puede sonar del todo extraño. Canciones como «Don’t Throw Ashtrays At Me!», de A Trip To Marineville, o el single con Jowe Head ya daban pistas de su gusto por y a las teclas.

El disco, lanzado en pleno marasmo grunge, estuvo lejos de alcanzar notoriedad más allá de los círculos especializados en los que su nombre ya era conocido. El público andaba flipando bien con los leñadores yonkis de Seattle, bien con los indies del shoegazing, y lo de Epic no encajaba en ningún lado. El tiempo lo ha ido poniendo un poco en su lugar, aunque siempre desde tribunas con limitado altavoz, y la estupenda reedición por parte de Easy Action en 2015, con numeroso material extra, fue sólo celebrada, de nuevo, por los incondicionales de rigor.

Epic es muy posible, no obstante, que se hubiera entendido mal con la fama. Su sempiterna segunda fila como batería y su carácter sensible y huidizo perduraban aun siendo ahora el artista principal.

Cómodo pues en su nueva faceta, no pasan ni dos años antes de que le dé continuación a su debut con Sleeping Star (1994), una nueva colección de preciosas melodías, salpicadas de guitarras y teclados en su punto justo, quizás con menor presencia de arreglos pero sin que ello redunde en el resultado, igualmente excelente. Canciones como «Tonight’s The Night (Rock’n’Roll Lullabye)», «Emily May (You Make Me Feel So Fine)» o esa preciosa balada con sólo voz y piano que es «Don’t Go To School » siguen mostrando a un artista que sabe perfectamente lo que quiere transmitir, esto es, una suerte de terapia emocional volcada en textos y armonías que se muestran íntimos sin resultar exhibicionistas. Otro nuevo triunfo artístico vergonzosamente ignorado por un público en la inopia, que tampoco despertaría de su letargo ni con la colección de demos Debris (1995) ni con su tercer y último trabajo, Change My Life (1996). De nada sirvió que, a los habituales medios tiempos y baladas («Sleepy City», «Sweet Sixteen») y los números a lo Phil Spector («Stealaway»), se sumaran en esta ocasión varios pelotazos de rock elegantemente eléctrico («You can be my Baby», «Landslide», «Nighttime/Thirteen»). La música de Epic siguió funcionando como un código secreto, la contraseña de una logia pasada de tapadillo con la que acceder a lugares y placeres vetados al vulgo. ¿Elitista? Puede, pero a nuestro pesar, en cualquier caso. Llegados a este punto, con tres discos como tres soles y esporádicas apariciones en vivo siempre en ambientes reducidos, a los fans sólo nos quedaba esperar la nueva entrega de nuestro pequeño vicio privado.

Lo que ninguno de nosotros esperaba, ni mucho menos sus más allegados, es que Epic falleciera de improvisto, mientras dormía, la noche del cinco al seis de noviembre de 1997.

Muchas han sido las especulaciones sobre el motivo de su fallecimiento. Suicidio, sobredosis…pero la única respuesta válida es que el motivo nunca se supo ni se sabrá. La conclusión del forense fue ‘muerte accidental’, y como tal quedó para los registros. Como su hermano dijo: “no sabemos por qué murió pero si murió de algo, fue porque se le rompió el corazón. Yo sé que lloró tantas lágrimas en su vida. Siempre le costaba una eternidad recuperarse tras romper con una chica”. Catástrofes sentimentales, un temperamento taciturno y depresivo…lo único que se puede sacar en claro es que su desaparición nos privó de una persona aún muy joven y con muchas cosas por decir.

Nikki no tardó en organizar un concierto de tributo. El diez de enero de 1998, en The Garage, en Londres, se reunieron una serie de amigos para rendir homenaje a su memoria. Gente de Thee Hypnotics, Sid Griffin, Kevin Junior, Max Dechárné, Jeremy Gluck y Robin Wills, los Jacobites por supuesto…y como clausura, la primera reunión de los Swelll Maps desde 1980. Un homenaje entre el óbito obligado y la celebración de un recuerdo para alguien muy especial. Del material publicado póstumamente caben destacar dos recopilatorios: Everything Is Temporary (1999), coordinado por Nikki, y Wild Smile (2012), así como las maquetas del que iba a ser su cuarto trabajo junto a Kevin Junior, editadas bajo el título de Good Things (2005). Grabadas en su apartamento, en un cuatro pistas un tanto pedestre, estos temas inéditos se mezclaron finalmente (sin añadidos ni retoques) en un estudio y los fans pudimos disfrutar del que quizás es el disco más intimista de Epic. Que en un caso como el suyo, ya es decir. Indispensable para cualquier fan, ahí parecía acabar el legado discográfico del pequeño de los Godfrey hasta que el año pasado el sello Troubadour rebuscaba en el fondo del baúl para sacar una tirada limitada (500 copias) de material inédito sólo para completistas titulada Film Soundtracks.

 

Y como regalo inesperado, la reedición en 2015 de sus tres discos oficiales en vinilo por parte de la discográfica barcelonesa Mapache Records, notición en cuanto tanto Sleeping Star como Change My Life no habían conocido vida comercial como elepés. Una noticia que hubiera encantado al propio Epic, melómano y comprador compulsivo de discos. De hecho su apartamento en West Hampstead, por el que pasaban no pocos amigos para tomar algo y, por supuesto, hablar de música, albergaba una colección de miles de discos que llegó a ser tachada de legendaria. Existe una anécdota al respecto, según la cual Noel Gallagher de Oasis aceptó comprar su colección de discos al completo cuando murió, por -según se dice- 250.000 libras. La transacción finalmente no llegó a efectuarse por motivos que difieren según la versión, pero la historia da una idea del valor del material que llegó a acumular Epic en su casa.

Una colección que no desdeñaba a sus contemporáneos, pero que se nutría principalmente de la época más gloriosa del pop y el rock. Como decía Chris Coleman, responsable del fanzine What a nice way to turn 17, amigo y albacea de la familia: “Sí que había algunos grupos alternativos que le gustaban, principalmente Sonic Youth y los Replacements, pero sus intereses se centraban en la música de los 60 y primera mitad de los 70”.

Escuchando esos maravillosos discos que nos dejó, no cabe duda alguna sobre ese punto.

 

Eloy Pérez

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