Rutas Inéditas — 15 septiembre, 2017 at 13:48

¿Qué pasa si se muere Grant Hart?

Estoy haciendo pucheros como un puto bebé de juguete de esos que vendían por la tele. Se hacían pis y lloraban. Qué murga de invento, qué asquerosidad. Pero aquí ando, revolcándome como un adolescente que gimotea delante de un póster. Nunca pensé que pudiese ser punzante y aguda una pena tan abstracta e intangible como la que provoca que se muera una foto que llevabas en la carpeta cuando le dabas a los petas y tocabas teta por encima del sujetador. Los famosos la palman. Lemmy la palmó, Bowie la palmó -¿no te enteraste?-, Cohen también la diñó. ¿Y qué pasa porque se haya muerto Grant Hart? Ya lo sé…dirás que la gente se muere, que los artistas también. Pues tío, sí pasa, ¡claro que pasa!

Os juro que me caen los lagrimones mientras escribo escuchando “Sorry Somehow”. ¿Por qué? Porque mira: pudiste no llegar a conocer a Prince a fondo o, a lo mejor, Bowie no tiró de ti cuando pensaste que habías perdido a tu novia para siempre y que encima te lo merecías por cretino, ni cuando creías que te habían traicionado porque eras un pringao sin remedio. Pero Grant Hart sí tiró de ti; abriéndote sus órganos vitales y friéndolos a la parrilla delante de tus narices mientras enmarcaba sus tripas en chorros de pasión condensada. Entonces, pensabas que no hay dios y que las nubes no huelen a nada, que lo único que hay es la puta vida y las canciones. Y si no presenciaste semejante milagro es porque no escuchaste a los sagrados e incorruptos Hüsker Dü, ni a los incandescentes Nova Mob, o ni una sola de las canciones que Hart diseñó, con el poder emocional de una cabeza nuclear, inyectándose en las venas de sus oyentes, llegando hasta el cerebro, hasta el corazón, hasta los putos pulmones.

Las adicciones y las complejidades de crecer bajo las lupas que todavía a día de hoy suscita la homosexualidad en las catacumbas del ruido de guitarras, llenaron de aristas a Grant Hart que no defraudó nunca, en ninguna canción, generando una cascada sentimental capaz de inundar los oídos de los hambrientos y de los furiosos como la lava que rellena las grietas de las rocas. Era aquello lo que hacía que la presencia de cualquiera de sus composiciones otorgase a un simple trasto como una cassette las propiedades de un santo relicario.

“Never Talking To You Again”, “Diane”, “The Girl Who Lives On Heaven Hill”, “Admiral Of The Sea”, “Is The Sky The Limit?”, “Turn On The News” son títulos que encapsulan las agallas que saltan por los aires cuando un artista, además de componer, se entrega a una trituradora emocional en cada una de sus obras.

Su cerebro, privilegiado, fundía conceptos y ocurrencias con la facilidad que adivina un sistema nervioso capaz de relacionar los libros sobre marcianos con una mujer anhelante sobre un tejado, o una cita del Dalai Lama con un esputo verbal sobre el pretencioso orgullo ajeno. Su bestialismo compositivo se apoyaba en un abrumador sentido lírico que armaba a cada bofetón que soltaban sus guitarras, a los hostiones de sus tambores y a esa garganta que decía toda la verdad.

La conexión sentimental con los artistas que ilustran nuestra vida puede alcanzar niveles de intensidad intravenosa cuando sus composiciones sonorizan nuestras esperanzas y frustraciones, nuestros ilusos sueños. Es medio raro llorar por alguien a quién no conociste, pero es lo más normal del mundo hacerlo por alguien que pintó parte de las experiencias sobre las que construimos nuestro afecto, nuestra sensibilidad, nuestros ciegos y nuestra furia. Eso lo hizo Grant Hart. Y el cielo debe ser suyo.

Texto: Rafa Suñén

Foto portada: Elizabeth Flores

One Comment

  1. Joder tío, qué bonita despedida, tú también me has tocado a mí con el artículo. Primero, porque desconocía su pérdida; segundo, y ahí me has vuelto a dar, por escoger la canción que más me gustaba de Hüsker Dü y me animó a tocar la guitarra y tercero, y último, porque me llevó a otros grupos malditos que tenían su propia filosofía e influyó en mi banda de rock. Buen artículo, gracias.

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