Artículos — 7 Julio, 2017 at 10:51

Ni cinco años de vida……….

Trastabillando por las redes uno ve con asombro que entre el jueves 6 y el domingo 9 de julio se celebran en la península ibérica cinco festivales de gran formato. Es decir, que en un radio relativamente limitado de kilómetros coincide en el tiempo un repóquer de macro eventos que moverán decenas de miles de personas. Hablamos del Nos Alive de Lisboa (frecuentado habitualmente por mucho público nacional), el BBK Live del monte Kobetamendi en Bilbao, en Galicia el Resurrection Fest y, para más inri, los dos restantes tienen los abonos de los tres días agotados, el Mad Cool madrileño, y en el caso del Cruïlla barcelonés además con todo el aforo, incluyendo las entradas de día, completo para el viernes y, casi con seguridad, colgarán el cartel de no hay localidades al día siguiente. Es obvio que todos tienen un elenco de artistas potentes, cada uno en su estilo y orientación musical, y una oferta de actividades paralelas que atrae al público prácticamente sin necesidad de romperse la espalda en tareas promocionales.

Un servidor, que viene de estar en una de las ediciones más concurridas de la historia del Azkena y de ver como el Rock Fest se llenaba para ver a Alice Cooper y Aerosmith no deja de preguntarse dónde está el tan cacareado hundimiento de la burbuja festivalera anunciado por lo más agoreros. Cierto es que algunos han desaparecido o se han quedado en estado de hibernación pero el porcentaje es tan mínimo que resulta casi irrelevante. No entro en ello, a mí me gusta el ambiente que se vive en esas celebraciones, también la posibilidad de ver a varios artistas del tirón y, lo más importante, descubrir a esas bandas de zona media que pasan tan desapercibidas para la gran mayoría. Pero si que hay, en mi opinión, un gran damnificado por esa exuberancia festivalera y es, como no, el circuito de salas. Y ese SÍ ES el lugar ideal para disfrutar de un concierto. Esas salas de entre ciento cincuenta y dos mil plazas en las que, normalmente, gozas de un sonido decente y de una cercanía que favorece la concentración y la comunión con lo que sucede en el escenario.

Razones habría varias pero creo que, principalmente, dos son las de más peso. Una, las bandas que se plantean la situación y se dan cuenta de que tocando una fecha en un certamen potente sacan más dinero limpio, y de manera más cómoda, que haciéndose varias fechas por clubes. Para qué meterse en berenjenales, durmiendo a salto de mata, y arriesgando el pellejo, monetario y vital, cuando pueden vivir como reyes durante dos o tres días. Lo que hace que se miren con lupa y exijan más y mejores condiciones a los promotores locales a la hora de cerrar giras. Dos, el público joven. Ausente en la mayoría de conciertos en sala, donde la media de edad se sitúa entre los treinta y los sesenta años, ya casi por costumbre. Me voy de fiesta con los colegas a un par de festis y veo 20 o 30 bandas, en algunos incluso el número de conciertos a ver se amplía, por el precio de un par de abonos y ya me llega para los diez u once meses restantes teniendo en cuenta los conciertos de fiesta mayor y los gratuitos a los que se puede asistir.

En fin, sea como sea, que viva la música y que cada uno la disfrute como quiera y como pueda. Al fin y al cabo nadie apostaba nada por el rock & roll. Ya lo dijo Frank Sinatra:  “La música rock la hacen deficientes que cantan letras maliciosas, lascivas. Es la forma de expresión más brutal, nauseabunda, desesperada y viciosa que he tenido la desgracia de escuchar. Yo a esa mierda de música llamada Rock and Roll, no le doy ni 5 años de vida”.

Manel Celeiro

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