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Bruce Springsteen / Hard Times, hard times, come no more…

Bruce Springsteen y la E Street Band vuelven a pisar territorio español. Es el inicio de la gira europea de Wreckin’ Ball, álbum que refleja la realidad de un mundo occidental sumido en los cíclicos daños colaterales del capitalismo. El Boss se lleva la sección de la gira recomendada de esta semana y recuperamos un texto recientemente publicado en la edición impresa donde Ignacio Julià analiza el álbum y el momento histórico en que aparece. Ojalá vuelvan pronto los buenos tiempos…

 

Detecto avizor un fenómeno relacionado con esa estúpida rapidez con que hoy transita la información. En el vértigo con que recibimos las novedades, el artista ha topado con un arma de doble filo. La inmediatez juega a su favor promocional, pero impide la serenidad con que deberíamos adentrarnos en su obra. Del mismo modo que no juzgamos al hombre por el niño que fue, conviene dejar reposar un disco hasta que haya obrado su efecto, que no viene impreso en el código de barras, tendrá que ver con la recepción que obtenga, el modo en que invadirá vidas enraizando en ellas. Esta conducta atolondrada se agudiza cuando un grupo arrastra mala racha: The Whole Love, de Wilco, fue prematuramente tachado de enfilar la amodorrada línea descendente de sus anteriores por los afanosos; los meses transcurridos han despejado las neblinas del adocenamiento para hacernos ver que no entregan nada igual desde A Ghost Is Born.

Algo parecido ha ocurrido entre esa legión transversal, multitudinaria que adora a Bruce Springsteen. Una excitada primera escucha y asumieron que, aunque no iban a rebajar su lealtad pues no hay tío tan majo ni labrador, Wrecking Ball era la misma filfa que lleva entregándonos desde que se reuniese la E Street Band en 1999. Material claramente inferior a su etapa clásica, cuyas críticas positivas sólo podían deberse al mareo de la perdiz de una campaña publicitaria, novedoso repertorio como excusa para darse otro baño de multitudes. Perro viejo, ¡qué remedio!, me aproximé al álbum desde una ya poco permeable reticencia, como siempre confiándome a la inducción más que la deducción. En cuestión de minutos quedaba atrapado; su voz y canciones volvían a resultarme creíbles. La indignación contra quienes nos han arrastrado a esta imperfecta tormenta que viene arreciando, un incendiado cabreo que amenaza con pasar a la acción, aquel día me cayó muy cerca. La puta crisis ya no era algo que les pasaba a los demás, orillaba próxima el umbral de mi puerta.

Impulsivo, lancé una razonable exageración a mi ínfima red viral. Wrecking Ball era su mejor disco, el más necesario, el que más verdad transmitía, desde Born in the USA. No se rinde a la sentimental catarsis de The Rising, ni a la mediocre chatarra de Magic, ni a la melodiosa banalidad de Working on a Dream. Quizá porque el milagro nunca se materializó y ya sólo podemos, lo anuncia el primer corte, hacernos cargo de los nuestros frente a un estado doblegado ante el todopoderoso mercado. Cuando toca diversificar tareas y ampliar horarios a cambio de ingresos recortados, uno se ve prontamente transmigrado en el pellejo de ese «Jack of All Trades» de la canción, hombre de la calle hundido pero confiado —no queda otra, claro— en su empeño para salir adelante, sin olvidar ni perdonar a los hijos de puta que han traído este yermo y merecen un disparo en la tripa. Somos ya casi todos los que nos despertamos a diario, engrilletados y condenados a bregar por terrenos pedregosos, lo cuantifican estos temas.

Inesperado, Wrecking Ball vuelve a arrear rock descarnado, rebotando desde el folk tabernario y un curativo gospel, trayendo el espectro de Born to Run o The River al presente, es decir, la enfervorizada utopía y la aplastante realidad que siempre la desbarata. Logra así mismo contemporizar su sonido más cohesivamente que los anteriores, hasta el punto de que el material secundario apuntala el conjunto. Y obsequia formidable versión en estudio de su último gran himno, el ya antiguo «Land of Hope and Dreams». Quizá cuando aparecieron aquellos discos menores quedase esperanza, vivíamos todavía en el presentismo hedonista de la bonanza amenazada, no estábamos ante este lúgubre escenario que vuelve a despertarnos, más que a la superficialidad de antaño, a la gravedad. Recordándonos, lo canta al final, que pese a todo seguimos vivos.

Aunque se dude del poder de la música como transformador social, que tanta rabia descastada —y ánimo de supervivencia: más allá de la recesión general, de la íntima depresión— la restalle alguien con su poder de convocatoria, es hoy algo creo que valioso. Por algo la llaman música popular.

IGNACIO JULIÀ

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