Rutas Inéditas — 3 Junio, 2011 at 0:00

Lee Ranaldo, recitando ruidos

RUTAS INÉDITAS

En esta sección encontrarás textos no publicados en Ruta 66. Críticas de discos o libros, de conciertos,  artículos o entrevistas atemporales que por un motivo u otro no transitaron por la Ruta 66. Ahora ruedan en estas Rutas Inéditas……..

 

Barcelona Poesía 2011, Palau de la Virreina

En ocasiones los prolíficos tentáculos de Sonic Youth, la banda de rock más importante y visionaria de los últimos 30 años, se extienden. Esta vez es el turno del miembro más vanguardista de una banda que tiene la radicalización maximalista como naturaleza. Lee Ranaldo es ya parte de códigos y simbolismos fundamentales para entender el rock experimental, sólo que ahora se propone continuar la aventura adentrándose y objetivizando una reconfiguración escénica y temática de reto a los sentidos.

Lo primero que se puede apreciar en el patio del Palau de la Virreina de Barcelona es una Fender en suspensión desde el techo. Ranaldo la utilizara, siempre en vertical, con punzante control, habilitando conexiones encauzadas dentro de un mantra de feedback que evoluciona en forma de trance con incesante y perturbadora belleza. Somete al público a una trasmutación de libre asociación invitando a convivir entre lo infinito de las expansivas partículas de sonido, puros átomos de ruido en alquímica polimerización. Su propuesta desafía cualquier convención o lógica en su intento de subvertir los sentidos… o la misma noción de la comprensión.

La indefinible temática se establece cuando, al principio, Lee Ranaldo admite que ni él mismo sabe de qué tratan la mitad de sus propios textos, algunos extraídos de su último libro Noise Recitation: Against Refusing. Neutraliza así desde un principio cualquier acusación de pretensión mientras va instalando demarcaciones para el fuego rápido que inspiran sus aleatorias e inconexas palabras, frases de profusa libre asociación : ‘’black sandy fury’’, ‘’eternal world planet’’, ‘’I’ll see you when we break free of this void’’ y ‘’organometallic’’ (esta última, comentó, digna de ser su próximo tuit).

Creados de manera similar a los cut-ups de William Burroughs, espacios donde el elemento de asimilación por parte de quien escucha deberá ser correspondido en un intento de aproximación imaginativa, los textos parecen conectar con las imágenes de una vieja película experimental del actor Pierre Clementi, proyectada en la gran pantalla que sirve de telón de fondo. El guitarrista crea un loop de sugestión hacia un imaginario común, inquietantemente llevado hacia recónditos rincones de la conciencia. Lo único convencional en todo el recital será una breve dedicatoria a su amigo Jim Carroll.

Una sucesión de léxicos, terminologías, neologismos, asociaciones editadas en aliteraciones viscerales dentro de una cuántica lingüística, es lo que Ranaldo desarrolla. Comparativamente su recital sólo es trasladable a un referente como la Beat Generation. La Fender sólo se ve aliviada de su semiótico ahorcamiento para ser yuxtapuesta a un infinito de intoxicantes ráfagas de sonidos. Durante la actuación permanece minimalista, totémica y seductora, y el eléctrico poder del reconvertido instrumento se manifiesta tan presente como su desarrollo sónico. En una ocasión en la que Ranaldo deja sola a su guitarra, aprovecha para adentrarse entre el público tocando unas campanillas. Son reminiscencias de ritos hindúes que utiliza para absorber ruidos irrelevantes y a modo de concentración demarcada por cánticos ahora en forma de moléculas de drone/feedback.  

Entre pensamientos que se fusionan, deseos de trascendencia y alquimias bombardeando los sentidos, se mantiene la sensación de reconfiguración, la metáfora extrema: es necesario reconvertir nuestras perspectivas. Ranaldo aquí parece querer trascender esa banalidad de múltiples y pueriles realidades que finalmente se han hecho con el planeta. Intenta descifrar una psique común con la intensa abstracción que implica su aparentemente inconexa narrativa en torno a cómo producimos e ideamos nuestras realidades, casi siempre bajo la profusión mediática que lo bombardea todo. Aquello innecesariamente mediático que invade nuestras vidas. Contaminación virtual y real.

Reflexiones en forma de mantra producido por esa Fender en vertical de loop eterno, a manera de extrapolada o retorcida banda sonora a tiempo real, acompañan a esas autorreflexiones que desarrollan un fundamental papel al convertirnos en observadores pero participantes. Ranaldo lleva su recital a cabo de una manera acumulativa y ritualista, en asalto multidisciplinar para los sentidos con el considerable impacto visual que supone reestructurar su proteico y voluble arsenal sónico: guitarra de vertical efigie en suspensión, meta-narrativa escupefuegos que empieza desde el desierto, donde nos informa Ranaldo, siempre comienzan sus recitales.

Hay una serie de insistentes intentos en este ritual sonoro, dirigidos a la manera en la que todo se concibe y se denomina, imaginarios o realidades colectivas, de ver mas allá de una realidad consensuada e intentar configurar/descodificar una intima experiencia descifrando los nuevos códigos con significativo potencial que Ranaldo disemina. Esto también incluye utilizar la guitarra meciéndola o haciéndola planear circularmente sobre el público en un mantra de odisea idealizable.

Dispara de manera más convencional con su Fender sólo cuando la toma entre sus brazos en los últimos diez minutos del recital, borrando la erosión de la psique colectiva y habilitando nuevos espacios de conexión sonora/visual. Esto resulta alienígena y etéreo, una vertiente posible pero nunca investigada por el rock, de sobreimposición de códigos con un fondo de pantalla cuya fusión temática apunta a rituales, desiertos, naturaleza y paganismo. Desconexión de la impuesta realidad pero también de lo virtual.

El guitarrista consigue tallar intensamente dispares signos a reinterpretar en lo que resulta ser un recital multiforme y esculpido con variables en clave torrencial de ilimitadas distorsiones, de sonido o realidad, que parecen originar en un escuadrón de guitarras cuando siempre provienen de una sola, que planea indescifrable. La cosmología de Ranaldo está infectada por bellezas y banalidades brutalizadas, voluptuosas invasiones sensoriales… a menudo, como significativo vanguardista, recuerda inintencionadamente el título de un tema de la iniciática época de su mítica banda, la retrospectivamente reveladora «Stereo Sanctity».

TONY SANDERS

Foto: Baltasar Sanmartí

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